Imagen ilustrativa del poder de las redes sociales Foto: Ilustración
Después de varios días fuera de Facebook, ya entiendo porque tantos buenos amigos desde fuera de Cuba o con VPN, me alertaban: «No entres, no te hará bien».
Ya me di mi buen baño de odios ajenos. Odios inducidos o renacidos. Impostados, miméticos o genuinos. Pero odios, al fin y al cabo.
Debería estar acostumbrado, pero siempre me entristecen los insultos y las rabias de los demás. Y no tanto por mí, se los juro, sino porque quisiera de todo corazón, poder curar y hacer sentir alegría, amor, algo de paz. ¿PAZ? No, la paz que se quería era la de los «corredores humanitarios», que es la antesala de la paz de los sepulcros y las fosas comunes.
Las manifestaciones de desacuerdo y descontento (a la cual debe tener derecho cualquier ciudadano) eran convocadas en medio del pico pandémico. Lo cual me pereció insensato entonces y me parecerá terrible mañana.
Cuál es mi pecado:
Decir lo que pienso honestamente, como siempre.