María del Carmen Suárez Cantero, la primera a la izquierda.
Escrito por: M. Sc Deysi Grimón de la Cruz.
Ya María está a tiempo completo entre los suyos disfrutando cada mañana al levantarse de ese rico aroma del café y el sabroso sabor al degustarlo, del cariñoso saludo familiar, el diario compartir entre risas, chistes, intercambios, historias cotidianas, labores del hogar y el disfrute grupal frente a la televisión hogareña.
…Sin embargo, aún recuerda aquellos Quince días en la Zona Roja, días que –según afirma- “la marcaron para siempre”, días que permanecerán grabados en su subconsciente por mucho tiempo y que espera en algún momento “sean solamente parte de una historia, cuando todo esto haya pasado y el mundo se libre completamente de esta terrible pandemia que hoy nos mantiene en vilo”.
Entrevistarla resultó muy cómodo. María del Carmen Suárez Cantero es muy comunicativa, bastó una pregunta para escucharla platicar y dialogar sin parar describiendo lo vivido en aquellos “tristes días entre pacientes" ingresados en el Centro de Aislamiento de la sede universitaria Raúl Gómez García, donde laboró y prestó su incondicional colaboración en servicios de limpieza de cuartos, baños, persianas y puertas, responsabilizada con mantener la higiene en los locales de los pacientes ingresados; “sin saber que estaba cohabitando entre positivos al SARS-CoV-2”.
María es hacendosa, dinámica, dispuesta, emprendedora, trabajadora, voluntariosa, de ello no hay dudas. Cuentan quienes la conocen bien, que esos son sinónimos que la caracterizan y definen como persona; y –enfatizan- que para ella quedarse quieta sin dar el paso al frente es muy difícil “No es una opción porque –refiere María- uno tiene que estar donde es más útil”.
Durante el intercambio mantuvo bien puesto su nasobuco cubriéndose la nariz y la boca, y al descubierto solamente los ojos “el espejo del alma”… A través de ellos viví yo también sus emociones al detallar los recuerdos de “aquellos tristes días”.
Entre lágrimas interrumpidas y momentos de silencios encortados evoca el instante que más la marcó: “fue ese segundo día –rememora- mientras limpiaba el baño vi a una paciente marearse y comenzar a vomitar, se puso muy mal. Llegué a creer que la perdíamos y en ese mismo instante otra paciente comenzó a convulsionar, se estremecía muy fuerte… pero no me dio miedo. Ahora ni sé de dónde saque el valor, me mantuve firme y comencé a llamar desesperadamente, pero sin pánico al médico que en cuestión de instante se personó y la asistió hasta sosegarlas y hacer que todo volviera a la calma”.
“Más tarde supe que las pacientes fueron trasladadas a otra área de salud; entonces fue que hice verdadera conciencia de la situación presenciada y advertí que estuve frente a pacientes positivos a la covid-19… A partir de ese momento aumentamos los protocolos de bioseguridad, nos cuidamos más y fuimos más rigurosos y consecuentes para emprender cada tarea asignada”
Así, entre cuidados rigurosos para proteger su salud, la responsabilidad y orgullo de saberse útil trascurrieron los restantes trece días de María en la zona roja enfrentando retos, proporcionando amor de modo altruista y derrochando pasiones hacia el prójimo, a sabienda que “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.
Hoy, esta Técnica B para el Trabajo Educativo de la Residencia Estudiantil en esta casa de ciencia y progreso, extraña, siente nostalgia y añora esos lindos y normales días cotidianos de “impartir charlas educativas sobre el mantenimiento de la higiene, la limpieza y el embellecimiento de los dormitorios y áreas aledañas, conversatorios sobre el mal hábito de fumar, el alcoholismo o sobre la sexualidad entre los estudiantes becados, necesita de esos habituales saludos, apretones de manos, los abrazos mañaneros al llegar a su puesto de trabajo, así como las reiteradas preguntas y conversaciones oportunas que a diario como muestras de cariño las obligaban a hablar de la familia, la casa, y de algo más”; pero sabe que, ahora, “eso no es la prioridad y no lo será mientras el virus aceche muy cerca de nosotros”.
Hoy, desde casa, María comparte con sus familiares, y recuerda a través de fotos y anécdotas aquellos días difíciles y hermosos de entrega, a la vez que reflexiona sobre las lecciones que deja estar en esa línea roja y del fenómeno que implica el coronavirus, donde una cura de esperanza salva la vida de mucha gente.
María permaneció 360 horas dedicadas a una noble causa. Habrá que contar luego a los estudiantes en charlas y conversatorios lo que muchos voluntarios como ella hicieron para que CUBA pase feliz a la nueva normalidad.
Seguirá siendo esta experiencia, otra nueva sensación del deber cumplido, de estar ahí donde somos más útiles, donde podemos apoyar más.


